Los que sienten pasión por la historia son personas especiales. Son de esos que no se rinden ante la primer evidencia, que buscan más allá, en lo lejano, en lo escondido. Curiosos insaciables, persiguen el por qué de las cosas.
La gente que estudia historia sabe que no puede rehuir de la apasionante búsqueda del hombre a través del tiempo y asume un compromiso con el conocimiento. Pacientes, reflexivos, lectores incansables...
Las personas que enseñan historia saben que hay mucho por qué luchar y convierten el aula en una trinchera persuadidos de que es la educación la mejor arma que tiene una sociedad para conocerse y mejorarse a si misma. Valientes, desprovistos de arsenal, presentan batalla.
Las personas que comprenden la historia no la confunden con el pasado: saben que bajan a ese oscuro escenario en busca de significados que alumbren la experiencia presente y sirvan para proyectarse al futuro con un andamiaje más sólido que aquellos que creen que su vida es “hoy” y que no tiene relación orgánica alguna con el tiempo que lo precede.
Las personas que escriben historia se transforman en recordadores más o menos profesionales que, a la luz de la experiencia histórica, se ocupan de llamar a la reflexión cuando la amnesia colectiva encamina nuevamente al error o al fracaso.
Los que hacen investigación histórica, también son seres especiales que dominados por un instinto de origen incierto, se lanzan a ese territorio desconocido y desafiante a buscar al hombre escondido en el tiempo, que no es otra cosa que la búsqueda de uno mismo.
Saber al hombre ...Saberse uno mismo...Quizás sea una utopía a la que nunca se llega, pero es la que nos permite seguir caminando.